Así ¡como le
digo! He tenido harto tiempo para pensar cómo llegué hasta acá y yo creo que
esto viene de bien chiquitito… Todo partió un día que hacía mucho calor, ya
había oído yo las advertencias de mi madre, que no lo hiciera, de mi abuela que
me miraba con reproche, hasta de mi padre que se encogía de hombros cuando
mencionaba el tema. Pero en un arrebato, la curiosidad y la inocente rebeldía
infantil fueron más grandes. Miré para todos lados cuidando que no fuera
observado, como si se tratara de un delito, con un sonido gutural enjuagué mi
boca, esculpí mis labios, junté todas mis fuerzas, mire hacia el cielo y el
perfecto gargajo salió impulsado hacia arriba, por sobre mi cara. La adrenalina
se disparó, esperando el tan anunciado desenlace, pero para mi sorpresa ¡nada
pasó! El escupo salió volando hasta que le perdí la pista, confundiéndose con
las nubes. Estaba libre, había vencido la maldición y un sentimiento de
omnipotencia se apoderó de mí ser. Entonces, si nada había pasado, claro estaba
que todo lo que decían era un mito, y que esas cosas no me iban a pasar a mí.
Me reía de la gente que tenía miedo de vivir, que se la pasaban pisando
cáscaras de huevo y que se sobresaltaban cuando algo se salía de su lugar.
Pensaba para mis adentros lo ingenuos que eran ¡si supieran que no pasa nada!
Si supiera que esas cosas no existen y que se limitan al dirigir su vida en
base a supuestos. Pobrecitos. Les tenía pena. Caminando como ratas ciegas en un
laberinto cuando las puertas estaban abiertas de par en par. Y ahí mismito tiré
otro cúmulo de saliva, segurísimo de que algún día me darían la razón. Desde
entonces se hizo hábito, escupía en la iglesia y en los paraderos. En los
bancos y en el consultorio. Enfurecido, solitario y hasta en compañía cuando me
sentía temerario. Todo marchaba bien. Hasta que un día, mientras hablaba con la
vecina, una fina línea de agua cayó sobre mi cabeza. Sobresaltado miro hacia el
cielo, sin poder creer lo que mis ojos veían observo cómo se abren las nubes y
de ellas nace un río ¡sí, un río! Caía brotando en oleajes, con cada vez más
intensidad, y antes de que pudiera reaccionar me arrastró… no sé por cuánto, no
sé hacia dónde… y desperté acá.
