Monstruo

He sido injusta contigo. Tal vez no te imagines la cantidad de veces que te maldije por arruinar mi infancia y todo lo que pude haber tenido de autoestima estable. Quizás no te imagines que me pasé por la raja todos los buenos momentos en que hubo algo parecido a una comunicación, y salíamos todos los fines de semanas, hasta éramos algo así como amigos. Olvidé todo lo que solía admirar de ti también; el afán por aprender, los libros, la música. Tienes problemas, lo sé, se logra divisar debajo de tu estricta y enjuiciante mirada. Debes tener muchos remordimientos y más de algún dolor que tienes negado. Eres humano, cuánto me costó aprenderlo. No obstante, lo que más me costó aprender, es que nunca te odié directamente. Lo que realmente odié fue lo que me llevé de ti y lo que ahora es mío. Soy yo.

-

No sé en qué momento la inocencia se rompió y fue reemplazada por odio abrasante e irracional. Odio que ya no se sacia con la imagen de mi (im)propia existencia, sino que abarca y consume la de cualquier otro transeúnte que se encontraba ahí por patear una piedra.

No vine para disculparme por lo que soy o lo que no fui, ni por todas las expectativas que lapidé en silencio, ni por los remordimientos que tengo más presentes que mi presente… pero al parecer ya olvidé qué me trajo aquí. Lo que pasa es que me cuesta pensar con los ojos inyectados en sangre mientras la lengua se bifurca, danzante.  Y las manos son afectadas por un impulso sobrehumano, el  que invita a tomar un hacha y decapitar un par de sílfides sin atisbo de compasión.

No, no recuerdo cómo llegué acá. Solo hay vacío, y si por alguna razón sigues creyendo que no es así, es porque estás viviendo en tu retorcida imaginación para que todo tenga algún sentido. Pero no lo hay. Lo sabes, y siempre le has tenido miedo a la respuesta.

¿No puedes dormir en la oscuridad,  corazón?