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No sé en qué momento la inocencia se rompió y fue reemplazada por odio abrasante e irracional. Odio que ya no se sacia con la imagen de mi (im)propia existencia, sino que abarca y consume la de cualquier otro transeúnte que se encontraba ahí por patear una piedra.

No vine para disculparme por lo que soy o lo que no fui, ni por todas las expectativas que lapidé en silencio, ni por los remordimientos que tengo más presentes que mi presente… pero al parecer ya olvidé qué me trajo aquí. Lo que pasa es que me cuesta pensar con los ojos inyectados en sangre mientras la lengua se bifurca, danzante.  Y las manos son afectadas por un impulso sobrehumano, el  que invita a tomar un hacha y decapitar un par de sílfides sin atisbo de compasión.

No, no recuerdo cómo llegué acá. Solo hay vacío, y si por alguna razón sigues creyendo que no es así, es porque estás viviendo en tu retorcida imaginación para que todo tenga algún sentido. Pero no lo hay. Lo sabes, y siempre le has tenido miedo a la respuesta.

¿No puedes dormir en la oscuridad,  corazón?

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