We have got to take cover

No sé, no sé llegar a ti. Esa línea infinita, fría e intangible que se está extendiendo dentro de los 70 centímetros que nos separan me está quemando, impulsando a que diga algo estúpido y lo empeore aún más. Mi memoria se difunde con un déjà vu de tiempos pasados en exactamente la misma situación, pero tanta, tanta agua bajo el puente. 

Recuerdos que han sido mi refugio durante años, gastados ante las veces en las que te busco. Como cuando cantábamos canciones sin sentido. Como cuando en séptimo básico te contaba que me gustaba un niño. Como cuando impedí tu estudio de toda una noche, hasta las cuatro de la mañana. Como cuando estabas ordenando tus papeles y tus cosas para irte lejos, muy lejos de mí y me encerré en mi pieza a escribirte una carta que te entregué mucho después. Parece que la cercanía no arregla ciertas cosas, querido mío, y lo sabemos muy bien. Me apena en lo profundo saber que   nunca volveremos, que ahora debemos crecer e inevitablemente alejarnos, encontrarnos y volvernos a alejar, cuando lo único que quiero es darte un abrazo fuerte y cálido como aquellos que te daba cuando pequeña. Pero ahora los abrazos son distantes y contados. Las miradas ocultan tanto detrás, tantas lágrimas reprimidas y palabras que ya no son necesarias. 


A pesar de todo, hermano mío, amigo mío, seré siempre la sombra cuando no quieras ver cara alguna, seré la voz latera que te ofrezca un café cada cinco minutos y seré el comentario ridículo e imprudente. Sé que no puedo darte nada de lo que necesitas, pero si algo sé hacer bien, es hueviar. Solo espero sobrar de una manera más óptima, y que de alguna manera sepas que no necesito saber qué te pasa para entenderte, ni hablar para amarte. Porque dentro de todo, en lo prelingüístico nos encontramos.

Y te amo poh, eso.

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